Est[ética]
Toda estética contiene una ética. Incluso la que se presupone neutra, la que se cree ingrávida, inocente o peor aún, ingenua -sobre todo esa- contiene una ética que intenta pasar desapercibida, como un medicamento escondido en el yogur.
No hay símbolos inocentes. Todos denotan una posición en el mundo y hay posiciones que perpetúan más o menos los principios el terror capitalista. Pienso en las intervenciones estéticas, en los programas/canales basados en la morbosidad, en la reproducción de símbolos religiosos, en la cultura de la dieta, en la meritocracia, los bitcoins, la inversión en bolsa, en que por primera vez los jóvenes son más conservadores, en los bailes de tik-tok, en los filtros de mierda, en el bombardeo de imágenes virtuales de cuerpos que nos alejan de la percepción real de un cuerpo, del cuerpo de carne, el cuerpo materia.
Me enfadan muchas cosas de las que veo y me apena andar tan rabiosa, pero me duele ver cómo el capital fagocita la vida. La estética es un mecanismo muy poderoso y atractivo de imperialismo cultural. La homogeneización de rostros y de cuerpos son violencia. Adéntrate en un bosque. No hay dos árboles iguales, cada uno con sus nudos, sus troncos retorcidos, ‘‘atrofiados’’; esa riqueza de formas es la que nos corresponde. Pero la industria cultural y la industria de la estética se encargan de sembrar la insatisfacción en nuestros cuerpos para que la felicidad sea un horizonte, lejano e inalcanzable, en vez de cada piedra, por pequeña que sea, que compone el camino.
Lo mismo sucede con nuestros pueblos. Como me gusta inventar palabras, he decidido nombrar este proceso como disnificación. Va de la mano de la gentrificación e implica convertir los territorios en una suerte de Disney Land donde los turistas vienen a divertirse como si fuesen escenarios creados para su entretenimiento.
La manera que tiene el turista de ocupar la calle, de hablar a gritos, de grabar y fotografiarlo todo es insultante, es de una falta de respeto enorme hacia las personas que habitamos esos lugares. Es violencia, aunque dentro del marco capitalista se presente como un placer al que podemos acceder las personas con unos ahorrillos.
Que conste que esta rabia no me quita la felicidad ni el amor. La misma diversidad de formas del bosque la tenemos en nuestro paisaje emocional. La rabia y el amor van de la mano: me enfada la violencia sobre lo que amo. Porque amo la vida me apena ver cómo la destruyen y cómo tantas personas aceptan jugar a este juego impasibles.
No podemos cambiar la macroeconomía o la geopolítica - sí que podemos, colectivamente, a través de la presión social-, pero podemos decidir qué símbolos, qué estética seguir reproduciendo, si cedo ante la homogeneización o si me comprometo con la diversidad, si le doy mi tiempo y mi atención al espectáculo o si salgo a buscar ese placer en cosas que respiren vida.


Muy interesante.
Creo que te podría gustar un libro: Filterworld. (Sobre la homogeneización a la que nos están llevando los algoritmos)
Encantado!