Traidora de clase
No sé a quién le pido / volver a tener una idea / que me ocupe para no sentir / este vacío. Escribí anoche, queriendo rezar a la desesperada, sin saber a quién le rezo ni cómo se formulan esas oraciones mágicas. Esta sensación de vacío de ideas me resulta cíclica e inevitable. Aunque yo sepa que es un absurdo metafísico, que a la vista están mis recientes creaciones con sus frutos y los futuros proyectos, de golpe me sobreviene una inseguridad asfixiante sobre mis dotes y tengo la certeza de que no existen. Que si hice algo bueno fue por suerte y en lo próximo decepcionaré a todo el mundo. Un síndrome del impostor de manual, vaya.
Pero no es sólo eso. En este teatro mental aparece un segundo personaje que coje a la Impostora, le tapa la boca y le dice que no tiene derecho a lloriquear. Recuerdo a mi abuela amenazándome con la zapatilla diciendo ‘‘vols tenir raons per plorar?’’, dándome a entender que sólo la violencia directa es motivo para llorar y lo demás son tonterías. No la culpo, es una niña de la posguerra, nada tengo que decirle sobre qué es el sufrimiento. Volviendo a mi teatro. La Inquisidora coge a la Impostora y le dice que no tiene motivos para quejarse porque vivimos en una situación de privilegio y exteriorizar todo esto me haría una cínica desclasada. Y yo, la narradora de este drama tan cutre, recuerdo Yeguas exhaustas de Bibiana Collado y tampoco culpo a la Inquisidora.
Vengo de una estirpe de servidoras, mujeres del expolio rural que se fueron con amo a la ciudad, a servir a señoritos. Mis padres tampoco han conocido las ambiciones, los sueños, ni las pasiones más que como placeres puntuales. Se tenía que trabajar para sostener a la familia, tanto si te gusta ese trabajo como si no. Por suerte, a mis padres les salió ‘‘bien’’ y ya no hubo necesidad de que la siguiente generación tuviéramos que sacrificar nuestras inquietudes para traer dinero a casa. Pero del árbol genealógico no se escapa. Hay algo en esta suerte -que no es suerte, sino trabajo y conciencia de mis padres- que me hace sentir una traidora, una traidora de clase, para mi familia y para mi entorno que vive la explotación laboral.
La culpa es otro mecanismo para asegurar la continuidad del orden social. Culpa por no cargar con el malestar que te pertenece, mientras que tus iguales sufren. Culpa por abandonar el barco. Culpa por sentir dolor y tristeza cuando no eres tú quien recibe esa violencia. Es como decirle al hambriento que no te gusta tu plato de comida.
Y en el tercer acto aparece la Mediadora. Se dirige a público. Nos dice que esta culpa es el castigo que sufren los que se escapan del sistema. Cuando rompes con la jornada laboral y la división entre tiempo productivo y de ocio, cuando tu trabajo es inmaterial y no tiene otro fin que cultivar el alma, te asalta un malestar como si fuera el antivirus del software del capitalismo.
La Mediadora se dirige a nosotras. En un hombro tengo a la Impostora y en el otro a la Inquisidora. Nos acompaña en la respiración. Nos dice que el miedo y la inseguridad son normales, igual que en otros momentos nos sentimos entusiasmadas con nuestro quehacer; es una sensación incómoda que aparece y que se diluirá para dar paso a la siguiente emoción, etc. Hay que seguir, aunque sea con miedo, pero hay que seguir. El movimiento nos ayuda a diluir las emociones. Y mientras podamos sostenernos con el arte sin necesidad de recurrir a un trabajo alimenticio, lo vamos a hacer. Con miedo, por supuesto, pero con mucho agradecimiento. Y esas ideas que me ocupen (que me entretengan, más bien) ya llegarán. Las ideas son como el amor o la inspiración, que si lo llamas desesperanzadamente, se asusta y se esconde, y cuando te relajas, se ovilla en tu costado.


Creo que los trabajos inmateriales que no tienen otro fin que cultivar el alma, al final creo, que llegan a salvar nuestra propia naturaleza humana, dignifican y dan sentido al arduo trabajo de nuestros ancestros.....y a los nuestros.
Las cosas no valen lo que cuesta hacerlas, el ser humano no opera bajo esa lógica. Y por eso un simple boceto de Picasso vale mucho más que una silla, aunque las horas de dedicación del carpintero que hace la silla superen en mucho a las que Picasso dedicó a esbozar una idea sobre un papel.
El agricultor y el poeta son igual de necesarios en cualquier sociedad. Barbarie es cuando el poeta sobra, porque lo que hay es hambre. Y civilización es cuando el poeta está más valorado que el agricultor, no porque sea más importante sino porque es insustituible. Por eso recordamos a Lorca, por poner un ejemplo, pero no a un operario de la SEAT, por poner otro.
Solo hay dos caminos para que un artista incipiente viva siendo lo que es: o pasando hambre o con privilegio. Si tienes el privilegio no sientas culpa, alégrate. Porque eso quiere decir que tus padres y/o tus abuelos, lo consiguieron. Tuvieron éxito y su esfuerzo no fue en vano. Trabajaron duro precisamente para esto y por eso no merecen tu culpa, sino tu alegría.